martes, 30 de abril de 2013

La evolución cultural del hombre


 El hombre es hombre en la medida en que modifica la naturaleza para satisfacer sus necesidades básicas, y toma conciencia de su acción, por medio del pensamiento. El hombre necesita comer, protegerse, abrigarse; para ello crea utensilios para cortar, raspar, armas para cazar, agujas para coser sus primeros abrigos de pieles, etc. Pero además de lo material, debe comunicarse con sus semejantes, porque el hombre es un ser social, que puede solucionar mejor sus problemas entre varios. Así se va creando un lenguaje compartido con un grupo de personas, que es cada vez más complejo: a las palabras que designan cosas materiales se le suman otras abstractas, que representan ideas, sentimientos, creencias. Con el contacto con otros grupos humanos, se intercambian conocimientos, se amplía su vocabulario, etc.
Llamamos cultura al conjunto de las producciones del hombre, englobando en las mismas todo lo que hace a su modo de vida, tanto en sus aspectos materiales como vivienda, vestimenta, utensilios, etc., como en aspectos más intelectuales: lenguaje, arte, ciencia, organización política, organización social, creencias, etc. Podemos decir, entonces, que todo grupo humano tiene cultura.
Cuando un pueblo permanece aislado o con poco contacto con otros pueblos durante mucho tiempo, sus producciones culturales se van diferenciando. Es por eso que muchas veces los arqueólogos hablan de “culturas” como sinónimo de “pueblos”, ya que los conocen a través de todos los aspectos materiales que evidencian la existencia de una sociedad desaparecida hace mucho tiempo.
El cambio es una constante en toda cultura, y siempre en cada sociedad hay tendencias favorables al mismo, así como también resistencias. El hombre progresa culturalmente en la medida en que se le presentan problemas y los resuelve; esto es, se produce una evolución cultural. También puede mejorar su modo de vida copiando inventos que otros pueblos han desarrollado, y adaptándolos a sus necesidades; así el progreso se da por difusión. Estos contactos se producen cuando los grupos se trasladan buscando mejores tierras, o persiguiendo animales para cazar, o cuando tienen producción suficiente de alimentos y buscan otros elementos para hacer más placentera su vida, y comienzan a comerciar, o cuando algunos hombres, por simple curiosidad humana, se ponen a recorrer el mundo para conocer nuevos lugares. Es por eso que los pueblos que viven en zonas muy aisladas tienen cambios culturales más lentos, porque todo lo tienen que resolver ellos mismos, en cambio los que tienen más contactos con otras sociedades pueden intercambiar muchos productos e ideas.


           Cuando el hombre debía dedicar prácticamente todo su tiempo a buscar alimentos, su vida era mucho más difícil porque estaba más desprotegido frente a los peligros que le presentaba la naturaleza; se debía trasladar muchos kilómetros para cazar o recolectar frutos, hojas o raíces comestibles y por ello cambiaba su vivienda de lugar varias veces al año. A quién no tiene vivienda fija se le llama nómade.

 En el momento que aprendió a criar los animales que necesitaba para su consumo, sólo se trasladaba cuando se le terminaba el pasto para alimentarlos. Se transformó en “pastor”. Al permanecer más tiempo en un mismo lugar pudo observar el ciclo de vida de los vegetales, y aprender a cultivarlos. Cuando se tiene una agricultura no muy desarrollada, es decir, cultiva sólo algunos vegetales, pero no se los riega ni se los abona para que crezcan más rápido y mejor, se dice que se tiene una “agricultura incipiente”.
El progreso técnico en la agricultura (riego artificial, fertilizantes, preparación del terreno en forma especial) logró mayores cosechas, y ya no debieron trasladarse obligatoriamente  en busca de alimentos: se hicieron sedentarios.
Se empezó a cultivar más de lo necesario para alimentarse, a fin de guardar por si un año fallaba la cosecha, o para alimentar a los desvalidos, por lo que se produjo un excedente económico que permitió tener cierto tiempo libre. En ese tiempo se pudieron inventar más cosas de las que antes resultaban indispensables para la vida, y las pequeñas aldeas pudieron crecer en número de habitantes, para convertirse en pueblos y más tarde en ciudades. Para ello debió ser necesaria cierta organización, y entre los habitantes se destacaron líderes que se dedicaron a dirigir y a pensar, empezando a valorizar más esta actividad que el trabajo puramente manual. Así surgieron tanto la división del trabajo como las clases sociales, de acuerdo con la tarea que debía realizar cada grupo de la sociedad. El hecho que hubiera una clase social dedicada a pensar (ya sean religiosos, científicos, legisladores, etc.) permitió que el progreso avanzara más rápidamente y la organización política diese paso al Estado.
Cuando una sociedad tiene organización política, económica y social suficientes como para vivir en ciudades, estamos hablando de una civilización. La palabra “civilización” proviene del latín “civitas”, que significa “ciudad”, y, de un modo global, se refiere a la totalidad de las características culturales que esa sociedad tiene: idioma, religión, arte, arquitectura, literatura, organización económica, social y política, costumbres, etc. En general, cuando una sociedad llega a tener características tan complejas, también tiene una forma más segura y eficiente de transmitir sus conocimientos, que es a través de la escritura. Pero como la evolución cultural no se da de la misma forma en todas las sociedades, en algunas pueden haber desarrollado unos elementos considerados imprescindibles para la vida y en otras no, sin ser por ello inferiores ni superiores.








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